OBSOLESCENCIA PROGRAMADA: LA ESCLAVITUD EN EL SIGLO XXI

Toluca, Mexico.

La esclavitud siempre ha estado al cobijo del poder. Y aunque la esclavitud abierta en su forma más brutal viene en decadencia, condenada por la legislación de las democracias modernas, aún sobrevive en todo el mundo. La más persistente sobre las mujeres y niños en la detestable explotación sexual, presente aún en las naciones más avanzadas en institucionalización y derechos civiles, pero también en su tradicional forma de explotación laboral. Hay esclavos en España, en Alemania, en Suecia, me atrevo a decir que no hay país que pueda presumir estar libre de este lamentable abuso.

Pero no me ocupo de profundizar en esta clase de esclavitud abyecta, magistralmente denunciada en este trabajo de la DW, que podrás ver en link al final de esta nota. Me ocupo de hablar de la esclavitud en auge, aquella que es bien vista por el poder económico y político, aquella que prospera a la vista de todos impunemente: la esclavitud del consumidor.

El surgimiento de la obsolescencia planeada se atribuye al Cartel Phoebus a principios del siglo XX, cuyos miembros establecieron el oligopolio de las bombillas incandescentes, sentando las bases de la burla de las leyes antimonopolio y el imperio de los criterios económicos de obtención de utilidades, sobre cualquier otra consideración ética, ambiental o de interés del consumidor. Bases que han persistido hasta nuestros tiempos, dominando las principales industrias del planeta, desde el petróleo hasta la computación, la industria automotriz, los electrodomésticos, farmacéuticas, prácticamente todas las empresas de clase mundial.

A las primeras prácticas de una durabilidad diseñada, con base en la trascendencia del negocio, infinidad de refinamientos se han añadido: la moda, el diseño irreparable, la incompatibilidad diseñada, la capacidad deliberadamente mermada mediante novedades absorbentes, los sistemas psicológicos de manipulación, las dependencias fisiológicas, la caducidad forzada legalmente, la lista es larguísima, muchas de sus estratagemas son auténticos secretos industriales y todas tienen algo en común, son moralmente inconfesables. ¿Pero por qué?

Las “técnicas” de diseño modernas tienen un propósito, crear una dependencia real o virtual del consumidor alrededor del producto, esclavizarlo.

Desgraciadamente, las consecuencias de estas “genialidades” del capitalismo tienen funestas consecuencias colaterales, que claro no están a cargo de los beneficiarios, ellos sólo se ocupan de acumular el beneficio.

El impacto al bienestar de la población puede venir de la perpetuación de una enfermedad, del vicio causado, del agotamiento de recursos naturales consecuencia del interminable ciclo de explotación, de la contaminación con los desechos del uso, de la locura de procurar un estatus de bienestar inalcanzable por diseño, obsoleto por diseño, eternamente demandante, agotador, esclavizante.

En principio, el gobierno en representación de la comunidad, tendría que ocuparse de esto y hacer valer el interés público. Nuestro problema es que el control del poder político está desde hace mucho en manos del poder económico, una situación irreversible desde que permitimos a las corporaciones superar a los gobiernos. Ahora nada ni nadie las puede controlar hasta que acaben con los medios de subsistencia y se extingan junto con sus esclavos.

Tal vez, el milagro de hacer dinero haciendo el bien a los demás. ¿Será posible? Una tarea para los empresarios del futuro, pues de no hacerla no habrá futuro para nadie.

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