MUÑECOS DE NIEVE

Talavera de la Reina, Toledo-España.

Todos los inviernos, -eso incluía también la Navidad-, esperábamos con impaciencia a que llegara, y llegaba; invariablemente, antes o después, llegaba la nieve.

Una buena mañana te levantabas, aterido abrías las contraventanas y veías el suelo blanco hasta donde te alcanzaba la vista. Alborozados y un poco nerviosos, volvíamos a la cama a acabar de desperezarnos en el calor y el abrazo del viejo colchón de lana. Después venía la fiesta. Un manto blanco de nieve virgen de unos quince o veinte centímetros se extendía por toda la vega.

Las manos desnudas, heladas, empezaban a moldear la primera bola, luego solo hacía falta hacerla rodar para que cogiera el volumen necesario. Y allí estaba el muñeco, grande, ventrudo, con los brazos cruzados en el regazo sujetando un grueso palo, égida de un dios salido del arcano. La nariz, postiza y grande, le daba el aspecto de un tótem legendario.

Estático y efímero, nos miraba desde su mundo de hielo como si reclamara un indulto que los primeros rayos de sol no le iban a conceder.

Así somos nosotros: muñecos de nieve derretidos por el sol implacable del sistema que nos alumbra.

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