Pedir perdón no vale nada

Toluca, México. Se dice que el mundo no volverá a ser el mismo, que se romperán las cadenas de suministro, que conseguiremos un desarrollo sostenible, que cambiará el orden económico mundial; la incertidumbre es mucha, pero algo seguramente cambiará, la movilidad característica del siglo XX.

Con la mecanización de la revolución industrial, nuevos alcances de productividad potenciaron un crecimiento explosivo de la población y demandaron concentrar las actividades secundarias y servicios en la ciudad, por razones de seguridad y también por la demanda de trabajadores y servicios para la producción industrializada naturalmente centralizada.

Con las máquinas pasamos de una economía de subsistencia a la economía de consumo, donde el abaratamiento de los bienes y el producto del trabajo materializado en salarios y no en satisfactores directos de necesidades básicas, puso al alcance de las masas la posibilidad de gastar en lo superfluo y sofisticado.

Cuando la tecnología ofreció el automóvil, rápidamente millones de ellos invadieron el espacio público en un frenesí de viajes cotidianos, primero de algunos y ahora de cientos o miles de kilómetros cada día, imposibles por medios naturales de movilidad.

Con los kilómetros vinieron los consumos, con estos los desechos y con los desechos la contaminación, que pudo ser paliada con desarrollos tecnológicos hasta enfrentar el agotamiento de materias primas vírgenes y de espacio físico disponible en las ciudades.

¿Qué tiene que ver todo eso con la pandemia?

La necesidad de evitar el contagio, ha forzado al límite los medios tecnológicos de sostenimiento de actividades a distancia, acelerando un proceso de racionalización de la movilidad, antes frenética, derrochadora de energía, espacio urbano y tiempo. Todo lo posible a distancia se hizo, evidenciando la inutilidad de la hipermovilidad acostumbrada.

La reactivación económica obliga adecuaciones de las relaciones personales en el espacio físico, al menos hasta encontrar vacuna o cura para esta enfermedad, dado el riesgo de nuevos brotes epidémicos. Y después del coronavirus, seríamos tontos de no atender la evidente vulnerabilidad comunitaria a otras amenazas, que podrían ser sobradamente más mortales y duraderas.

Nuevas formas de trabajo, estudio y suministros son necesarias y posibles, donde un estornudo es tan natural y reprobable como echarse un pedo, y pedir perdón, no vale nada.

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