SED LÍBERANOS A MALO

Talavera de la Reina, Toledo-España.

Oh, si él me besara con besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino) CANTAR DE LOS CANTARES!

Gustaba Saturnino de salir al patio en aquellos atardeceres de estío cuando ya se levantaba la brisa y refrescaba un poco la bochornosa calima del mediodía. Se sentaba en una butaca de fresno debajo del guindal y dejaba vagar la mirada por aquel valle que se extendía a sus pies, con sus prados, sus montes y su rio; aquel valle que había sido todo en su vida: su purgatorio, su infierno y también su paraíso.

Echó un vistazo al libro de pastas verdes que Rosario había dejado encima de la banqueta, sobado y roto, gastado ya de tanto usarlo y como si frotara en la lámpara maravillosa, empezaron los recuerdos a escocerle en la memoria. Y vinieron a su mente aquellos días lejanos de cura recién llegado; sus primeras, fervorosas y místicas palabras rebotando en las paredes de una iglesia vacía y la casa cural, como un nido frio y solitario.

Se dio cuenta de que el apostolado no estaba en la iglesia y como allí la iglesia era él, decidió sacarla a la calle. Frecuentó las tabernas, aprendió a jugar al tute y a la subasta y se hizo asiduo de las partidas y las copas de cognac. Comprendió que cuando aquellos mineros y labriegos curtidos juraban, lo hacían como una forma de rebelión, como una forma de pagar con alguien su frustración y su impotencia.

Y así, un buen día, en el acaloramiento de una partida de bolos, se escuchó a sí mismo soltando el terno más irreverente. Aquello, pensó, no era una blasfemia, era el bálsamo terrenal  de los esclavos. Cómo olvidar también el día en que Rosario llegó a la casa para encargarse de las labores domésticas. Joven, bonita y hacendosa, se metió en su vida como una tormenta de verano haciendo tambalear sus más profundas convicciones.

Sin darse cuenta apenas, empezó a quererla y en noches de insomnio y duermevela luchó contra los demonios del deseo. No lejos de allí, en aquellas mismas noches, también Rosario se debatía entre el respeto, el amor y las tentaciones. Cuando pidió la dispensa para poder casarse, Rosario iba ya por el cuarto mes de embarazo. Después de muchos años de exilio voluntario y jubilado de su nuevo trabajo, volvieron al pueblo y compraron aquella casita con su butaca de madera, su guindal y aquel patio por el que correteaban sus recuerdos… y sus nietos.

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