¿Y SI LOS FALLECIDOS PUDIERAN VOTAR?

Talavera de la Reina, Toledo-España.

Después de un año y medio de pandemia en España,  un número de contagios superior a los 3,5 millones y unos 78.792 fallecidos,  si algo deberíamos tener claro es que la actitud personal y responsable de todos y cada uno de nosotros es la medida más adecuada para frenar la pandemia.

No cuestiono  en absoluto que las vacunas sean, a la postre, la medida más eficaz para salir de esta situación. Pero  sólo es así, sobre todo,  por la actitud  irresponsable y egoísta de cada uno de nosotros y la tremenda confusión de prioridades en la que se ve envuelta la que se considera sociedad avanzada del primer mundo.

Por ello, no se debe responsabilizar a la decisión política del  levantamiento del estado de alarma, del levantamiento del  confinamiento u otras medidas similares como la causa de posibles y posteriores  casos o de nuevas olas de contagios y consiguientes fallecimientos. Un año y medios es tiempo más que sobrado para aprender e interiorizar cosas tan elementales como el lavado de manos, el uso sistemático de la mascarilla y el distanciamiento sanitario (que no social) para nuestro comportamiento cotidiano.

Sin embargo, después de este año y medio de pandemia, de varios meses de estado de alarma, con multitud de sanciones,  y del resultado de las recientes elecciones autonómicas de Madrid (más de 693.000 contagios y 15.087 fallecidos en la Comunidad Autónoma) también deberíamos haber aprendido o haber asimilado, al menos, los graves déficits de la condición humana.

En este dilema, y apuesto por exigir a los dirigentes políticos (no solo a los que gobiernan, sino también a los que aspiran a hacerlo en un futuro inmediato) que sus decisiones sobre la pandemia vayan en la línea del interés general, de corregir con ellas el defectuoso comportamiento, individual o en grupo  de los ciudadanos, para salvaguardar el derecho que más anhelamos todos y cada uno de nosotros,   la libertad.

Sí, la libertad. Pero no la libertad individual, insolidaria y egoísta que puede terminar cercenando otras libertades;  sino  la libertad colectiva que nos permita superar esos comportamientos incívicos que, como se ha demostrado en este tiempo,  ponen en riesgo el bien más preciado que cada uno, ahora si individualmente, tenemos, la vida.

No es el momento de falsos dilemas sobre las limitaciones a la libertad y mucho menos de pensar en elecciones, aunque eso le haya dado buenos resultados, en el corto plazo, a algunos/as.

Es el momento de actuar con responsabilidad; porque por encima de todo, y haciendo invocación de esa libertad a la que todo aspiramos, yo nunca seré libre  si no tengo salud, si mi vida depende de un respirador o de una estancia en un hospital, contando que el hospital pueda disponer de una cama en la que poder atenderme, mi libertad solo será posible si sigo viviendo. 

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