Y CORRIMOS HACIA EL ENGAÑO

Talavera de Reina, Toledo-España.

Si tenía que morir, allí moriría. Sabía que la vida no era fácil en ningún sitio, pero allí al menos él y los suyos estaban abastecidos; además estaba el amor a la tierra, el cálido refugio del terruño. Primero empezaron por irse los hijos de sus vecinos, pero pasado un tiempo, esos hijos arrastraron a sus padres que prefirieron un trabajo mal pagado en cualquier fábrica, al incesante y torturado trabajo del campo, aunque ese campo fuera suyo. Con una chispa de tristeza en los ojos los vio partir pero no les criticó. De vez en cuando se acercaba a sus casas y veía, en las cuadras vacías, los aperos colgados cubiertos de telarañas, la carcoma mordiendo el mástil de los carros, los trillos apoyados contra las paredes; aun se podían ver restos de paja de la última trilla entre sus pedernales. “Allá cada uno con su vida” pensaba, y volvía a sus quehaceres.

Pero un buen día, aquellos que se habían ido, volvieron en el verano como las golondrinas. Estentóreos y felices, alegres de haber dejado atrás su estigma de palurdos pueblerinos, contaban las excelencias de su nueva forma de esclavitud. Pero a él no le engañaron; a medida que se acababa la semana de la que disponían, se apagaba el brillo de sus ojos y la desesperanza se adueñaba de sus corazones. No, a él eso no le iba a pasar, si tenía que morir, allí moriría. Con lo poco o con lo mucho, con su reuma y su artrosis, con su mujer y sus hijos y también con sus muertos que bien cerca los tenía.

Durante algunos años, la vida pasó tranquila. El lento transcurrir de los días le hacía disfrutar de su trabajo: la siega, el ganado, la huerta; todo ello colmaba sus ilusiones y sus expectativas, pero no así las de sus hijos, que empezaban a preguntarse si no sería mejor un futuro en la ciudad. “Es vuestra vida- les dijo-yo no os voy a retener”. Y una alegre mañana de Septiembre se encontró con que dos hombres con su escaso equipaje y algunas provisiones, partían para la ciudad.

No quiso intervenir en la decisión de sus hijos ni les dio consejo alguno, pero sabía que su marcha marcaría un antes y un después y empezaría un declive marcado por los años que se le echaban encima y el exceso de trabajo que ya no podría abarcar. Sin embargo siguió pensando lo mismo que siempre había pensado: “Si tenía que morir, allí moriría. Los hijos subían al pueblo algunos fines de semana, al principio solos, después con sus novias que acabaron siendo sus mujeres. Contaban su vida a grandes rasgos; hablaban de su trabajo, de sus horas libres, de sus vacaciones pagadas, de sus salarios. Él los escuchaba durante un rato, pero pronto perdía el interés y se excusaba, “tengo que ir a ordeñar” decía y salía del cuarto cabizbajo. Los hijos se enteraron por su madre de que algunas de las tierras más alejadas llevaban varios años en barbecho. En otro de aquellos fines de semana, su padre mismo les dijo que tenía pensado vender los animales. Y un poco más adelante cuando ya venían de tarde en tarde con sus propios hijos, vieron con sorpresa que su padre se afanaba en labrar su último y definitivo campo:  solo tendrían que empujarlo dentro.

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